Comparte esta entrada

Por: Juan Chávez

Una de las tradiciones más importantes de México y que nos da identidad en el mundo, es el Día de Muertos. Cada 1 y 2 de noviembre recordamos a todos nuestros seres amados que ya no están con nosotros de forma física.

La celebración yace en las profundidades del inframundo mexica y el purgatorio católico; y nada tiene que ver con el Halloween de las culturas europeas y estadounidenses, cuya fecha de celebración es el 31 de octubre de cada año.

La ofrenda del Día de Muertos se celebra en México con la flor de cempasúchil, sahumerio con copal e inciensos ardientes, velas, veladoras, cirios, agua, sal, fotografías, alimentos, papel picado, calaveritas de azúcar y otros postres.

El Día de Muertos tiene fuertes raíces en la cultura mexica. Los mexicas le daban gran importancia a la muerte. Ellos creían que, de acuerdo con la forma de morir, terminaban en 4 destinos.

La sociedad azteca creía que la vida continuaba aun en el más allá, por eso consideraba la existencia de cuatro “destinos” para las personas, según la forma de morir. El arqueólogo Eduardo López Moctezuma los detalla de la siguiente manera:

El Tonatiuhichan o “casa del sol” era el sitio al que iban los guerreros muertos en batalla, los capturados para el sacrificio y las mujeres embarazadas.

El Tlalocan, un tipo de paraíso al que llegaban todos los que morían por el agua.

El Chichihualcuauhco, un espacio destinado para los bebés muertos, ahí eran amamantados por un enorme árbol nodriza hasta que “volvieran a nacer”.

El Mictlán, el reino de los muertos y destino de las personas que fallecían por causas no relacionadas al agua, la guerra o el parto.

Se pensaba que, para llegar a este último sitio, los muertos debían de realizar un largo proceso en el que eran ayudados por un perro.

El perro xoloescuintle era un fiel compañero hasta en la muerte, pues acompañaba al difunto a cruzar un río en el inframundo.

Este era el lugar al que iban la mayoría de los muertos. Para arribar al Mictlán, el difunto debía esperar cuatro años, tiempo en el que era devorado por Tlaltecuhtli, la diosa de la tierra.

Completado lo anterior, se iniciaba un viaje por los nueve niveles del inframundo mexica, explicados en varios códices y por fray Bernardino de Sahagún de esta forma:

Pasar desnudo en el Tepétl Monanamicyan, un lugar en el que constantemente chocan dos cerros.

Enfrentar a una culebra que resguarda un camino.

Atravesar el Iztepétl o cerro de navajas.

Recorrer ocho cimas en las que cae nieve constantemente llamadas Cehuecayan.

Transitar otros ocho caminos en Itzehecayan, lugar donde el viento corta como navajas.

Caminar sobre el Apanhuiayo, un canal de aguas negras en el que habita una temida lagartija llamada Xochitonal.

Atravesar otro río, el Chiconahuapan, con la ayuda de un perro xoloitzcuintle.

Y finalmente, llegar al Itzmitlanapochcalocan, el recinto donde moran los dioses de la muerte.

Es este último lugar el difunto se encontraba con Mictlantecuhtli, el dios del inframundo, para darle algo especial.

También era considerado como el dios del inframundo y gobernaba tal destino junto con su esposa Mictlancíhuatl.

Cuando la persona estaba ante la presencia de la deidad, debía darle las ofrendas con las que era enterrado: granos de maíz, frijol, piedras preciosas y otros productos vegetales.

Dentro del arte, a Mictlantecuhtli se le ha representado de diversas formas, principalmente como un esqueleto u hombre con rasgos cadavéricos, sangre e incluso con su hígado expuesto. Es acompañado con diversos atavíos como penachos, sombreros, collares, cinturones y textiles de algodón.

El pan de muerto es una de las tradiciones europeas que se insertaron en el Día de Muertos de la Nueva España.

Con la llegada de los españoles, el Día de Muertos no desapareció por completo, como otras fiestas religiosas mexicas. Los evangelizadores descubrieron que había una coincidencia de fechas entre la celebración prehispánica de los muertos con el día de Todos los Santos, dedicado a la memoria de los santos que murieron en nombre de Cristo.

La fiesta de Todos Santos inició en Europa en el siglo XIII y durante esta fecha las reliquias de los mártires católicos eran exhibidas para recibir culto por parte del pueblo.

También había una sincronía con la celebración de los fieles difuntos, realizada justo un día después de Todos Santos. Fue en el siglo XIV cuando la jerarquía católica incluyó en su calendario dicha fiesta, cuyo propósito era recordar a todos los fallecidos por diversas pandemias, como la peste negra que asoló Europa.

Fue así como el Día de Muertos se redujo a tan solo dos días, el 1 y 2 de noviembre, aunque en otras regiones como Oaxaca y Puebla se extiende a varios días, pues se cree que aquellos que murieron de causas no naturales llegan días antes al hogar.

Las costumbres prehispánicas de incinerar a los muertos o enterrarlos en el hogar fueron eliminadas y los cadáveres empezaron a depositarse en las iglesias (los ricos adentro y los pobres en el atrio). Se adoptaron costumbres españolas, como el consumir postres con forma de huesos que derivaron en el popular pan de muerto y las calaveritas de azúcar.

También comenzó la costumbre de poner un altar con veladoras o cirios, de esta forma los familiares rezaban por el alma del difunto para que llegara al cielo. De igual manera, se hizo tradicional la visita a los cementerios, los cuales fueron creados hasta finales del siglo XVIII, como una forma de prevenir enfermedades al construirlos a las afueras de las ciudades.

¡No se puede celebrar el Día de Muertos sin un altar! Este es uno de los elementos más representativos en la fiesta de los fieles difuntos, pues con él honramos a nuestros seres queridos con todos los alimentos que amaban, además de velas, flores y otras decoraciones.

El origen de la ofrenda de muertos tiene relación con las ofrendas que se añadían al entierro de los hombres y mujeres mexicas, así como con los altares que en la Nueva España se colocaban para interceder por las “ánimas benditas o del purgatorio”.

La tradición del altar sigue viva en pleno siglo XXI, especialmente en las zonas rurales e indígenas de México.

El ritual cristiano indica que la luz brinda esperanza para las almas; también las ayudan a llegar a las casas de sus familiares.

En Michoacán, específicamente en Janitzio y Tzintzuntzan, se elaboran arcos de flores de cempasúchil con dulces de azúcar, frutas, pan y las bebidas favoritas del difunto; estas se llevan al panteón y se realiza la velación durante la noche del 1 de noviembre.

Otros lugares donde se colocan altares en las tumbas y se realizan velaciones son Mixquic y San Lorenzo Tezonco en la Ciudad de México, Santa Cruz Xoxocotlán en Oaxaca, la Mixteca Poblana y el Valle de Toluca.

Esta tradición mexicana, llena de color, aromas y deliciosos sabores que raya más en una fiesta, es catalogada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pues da identidad a varios pueblos del país.