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¿Claudia quitaría la estatua de Segismundo?

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Por: GUSTAVO CORTÉS CAMPA

Cuentan en Roma que cuando los cristianos se dedicaron con tesón a destruir todo rastro de la ciudad imperial “pagana”, la estatua ecuestre del emperador filósofo, Marco Aurelio, se salvó de la furia revanchista porque fue confundida con una representación de Constantino. Por esa afortunada confusión, la obra de arte aún se puede admirar en el Campidoglio.

Según versiones fidedignas, el embajador sueco impidió que la orden de Hitler para dinamitar París se cumpliese, pero el historiador Guillermo Tovar y de Teresa, en lujosa edición de precio inalcanzable, nos relata cómo ha sido que la Ciudad de México ha padecido destrucción periódica, desde el “periodo medieval” (siglo XVI), el barroco (XVII) y neoclásico (XVIII).

El fastuoso “Teatro Santa Anna” fue barrido por los liberales y muchos templos cayeron bajo la picota jacobina (con perdón de don Juan Jacobo). Para no ser menos, lo poco que se conservó del Centro Histórico fue demolido en el siglo XX para estacionamientos.

PASEO DE LA REFORMA: DE MAX A DON PORFIS

Maximiliano de Habsburgo decidió dotar a la capital de una rúa parecida a la parisina Champs Élysees y la bautizó “Paseo de la Emperatriz”. En tiempos de Lerdo de Tejada se instaló la ahora defenestrada estatua de Cristóbal Colón y después, Don Porfirio colocó la estatua dedicada a Cuauhtémoc.

Don Porfirio decidió que esa avenida tendría una colección de estatuas dedicadas a héroes liberales de la Reforma. (Muchas de las cuales han sido sustraídas y destinadas a fundiciones clandestinas, ante la incuria de autoridades de ahora y siempre).

Al héroe del Dos de Abril (La verdadera, gloriosa y olvidada Batalla de Puebla) le molestaba mucho la estatua colombina, no porque tuviera algo contra el descubridor del “Mundus Novus”, sino porque fue un regalo para el gobierno de Lerdo, a quien toda su vida le tuvo inquina.

Así que, con miras al cuarto centenario del arribo de Colón a tierras caribeñas, Don Porfirio organizó varias ceremonias para el año 1892, en una de ellas, la erección de otra estatua del Gran Almirante de la Mar Océano.

Ese monumento -¡aún!- se encuentra en la Plaza Buenavista, frente a la Alcaldía Cuauhtémoc. Esto es: la estatua porfirista, curiosamente, sobrevive a los afanes de eliminar monumentos históricos para dar paso a visiones reivindicativas de quién sabe qué rollos.

La historia de ese monumento es, en síntesis, la siguiente: Don Bernardo Couto, en el año 1853, era titular de la Academia de San Carlos y tuvo la idea de un homenaje a Colón, como no lo había en toda la América Hispana. Un artista catalán, Manuel Pilar desarrolló el proyecto y el modelo en yeso.

Pero por las turbulencias políticas, ya no pudo fundirla en metal y permaneció guardada en San Carlos. Pilar, por cierto, fue el

fundador de lo que se conoce como Escuela Mexicana de Escultura y es autor de la estatua del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole, que permanece en la misma Academia.

Así, a escasas tres cuadras, desde el siglo pasado, la Ciudad de México tuvo dos estatuas colombinas, la de Pilar y la realizada por el francés Charles Cordier, por encargo del magnate mexicano Antonio Escandón, y la otra por encargo de don Porfirio, la cual viajó a Sevilla para la Exposición por los 400 años del viaje de Colón.

LO QUE CLAUDIA NO PUDO VER

Con dos monumentos a Cristóbal Colón, a solo tres cuadras de distancia y durante más de cien años, la señora Jefa de Gobierno (algunos malintencionados le dicen “Señora Regenta”, como el personaje de Clarín) tenía a su disposición un magnífico, seguramente irrebatible, argumento para desalojar una de las dos:

La ciudad tenía una “saturación de colombismo”, o bien, una redundancia estatuaria de escaso buen gusto urbanístico. Tampoco lo vieron sus asesores en esos asuntos… si acaso los tiene.

Pero no vio nada de esto y por el contrario, se enredó en su propia lengua con argumentos tan trillados como ridículos.

Sí alcanzó a decir algo como que “ya hay otra estatua por ahí cerca”, pero no como argumento para desalojar la de Avenida Reforma.

Hace poco más de un año que la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum, ordenó quitar a Colón de su pedestal en Reforma. Se hizo de madrugada y la explicación fue: “Necesita restauración por deterioro, sobre todo por los daños causados en protestas ciudadanas”, y que una vez realizadas las reparaciones “se le repondría en su lugar”.

Pero transcurrió un año y la estatua no volvía. Y pues hace poco, Claudia anunció que Colón quedaría definitivamente expulsado de ese lugar y que ahí se colocaría una estatua de “una mujer indígena”.

De inmediato se publicó la imagen de una supuesta escultura de una “mujer olmeca”, pero hubo críticas, porque de pronto surgen legiones de expertos en temas de estética estatuaria.

Y quién sabe de dónde, se publicó la foto de una escultura encontrada supuestamente en Veracruz, “La joven de Amajac”. Curioso: al menos en las fotos, tiene un gran parecido con la figura encontrada en España, “La Dama de Elche” y que se le calculan unos tres mil años de antigüedad.

LAS DESTRUCCIONES EN LA HISTORIA

El historiador Michaud, de la Academia Francesa, relata en su obra en dos tomos “Las Cruzadas”, de cómo la soldadesca al mando de Godofredo (Gottfried) de Buillon, se dedicó varios días a destruir magníficas obras de la Grecia Clásica, “por paganas”. Pero Godofredo era un guerrero del año 1092, analfabeto e ignorante total; lo mismo sus mesnadas.

Los clérigos cristianos adoctrinaron a los europeos de la “Edad Oscura” de que todo lo relativo a la antigüedad clásica era cosa del diablo. Ni manera de reclamar, claro.

Pero a partir del Renacimiento (entre los siglos XIV y XVI) surgió una fuerte corriente para recuperar en todo lo posible, textos y obras del periodo clásico grecorromano, con lo que arrancó el mundo moderno.

Como los cruzados pagaron a los venecianos el transporte de tropas con “La Pala de Oro” y los “Caballos de Bizancio”, ambas piezas se encuentran en la Basílica de San Marcos, Venecia, pero es de

reconocerse que los turcos, al tomar Bizancio en 1453, respetaron la magnífica Catedral Agia Sofía, que ahora es un museo.

En Londres de encuentran los “Mármoles Elgin”, que no son otra cosa que buena parte del frontispicio del Partenón, de Atenas. Lord Elgin los hizo desmontar, los empacó y se los llevó a Londres, y así los salvó del vandalismo de la soldadesca turca.

No tuvieron la misma suerte, a lo largo de la historia, otros tesoros urbanos. La hermosa urbe romana de Hispalis fue destruida por los invasores godos que entraron a saco en la Península Ibérica, que utilizaron restos de edificios para bloquear el río e impedir ataques de otras tribus de godos.

Los árabes invadieron España en el 711, tomaron Hispalis y la llamaron, por corrupción lingüística, Ixbilia. Pero cuando fueron desalojados de la ciudad por el rey San Fernando, dejaron detrás una hermosa ciudad que los españoles llaman a la fecha Sevilla.

Al final de las Guerras Médicas, los asirios fueron vencidos y la hermosa ciudad de Nínive fue arrasada totalmente por los vencedores, y solo se conservan algunos relatos de lo grandioso de esa urbe.

¿CONTRA LA ESTATUA DE SEGISMUNDO II?

El padre de Claudia Sheinbaum, Carlos Sheinbaum Yoselewitz, ingeniero químico, llegó a México procedente de Lituania en la década de los 20’s, de la rama judía ashkenazi. El abuelo fue comerciante en joyas y en México participó dentro del Partido Comunista Mexicano. En la casa de Claudia se hablaba en yidish, se observaban las fiestas judías y se guisaban platillos ashkenazi.

La madre, Annie Pardo Cemo, de la rama judía sefaradí, llegó procedente de Bulgaria, a principios de los 40, huyendo del Holocausto judío de la Alemania nazi.

Claudia, a tono con lo que a diario proclama Andrés Manuel López Obrador, considera (quiero creer que sinceramente, no tengo elementos de ninguna clase para suponerla de talante farisaico) que la llegada de Colón fue una auténtica desgracia para “los pueblos originarios”.

Ella condena la conquista y colonización de América por España, pública e insistentemente. Es su convicción. No me atrevo a sospechar oportunismo de ninguna clase.

Luego entonces: ¿Se vale suponer? ¿Hubiese sido mucho mejor para América y el resto del mundo que Colón no pudiese llegar, que sus naves naufragasen o que la reina Isabel le hubiese negado apoyo?

Muy bien: Y… ¿Qué hubiese pasado con Claudia? ¿Dónde habría nacido? ¿En Vilna o en Sofía? Eso, si sus padres, que se conocieron en México, se hubiesen encontrado en una u otra de esas ciudades, o en cualesquiera otra parte de Europa, si ello hubiese sido posible.

Ahora pues: ¿Habría tenido fortuna política similar a la que tiene en México? ¿Habría llegado a alcaldesa de Vilna (poco menos de tres millones de habitantes).

Tomemos en cuenta que Lituania fue tierra de invasores. A lo largo de los siglos llegaron polacos, bálticos, germanos y ¡judíos!

Claudia, procedente de judíos polacos, hubiese sido considerada por los “lituanos auténticos” como invasora. ¿O no? ¿Sería que los lituanos no juegan el juego del victimismo histórico?

Eso le habría beneficiado. Pero cabe la posibilidad –hay elementos para suponerlo- que Claudia se habría colocado como miembro de la clase invadida, los lituanos. ¿La habrían aceptado?

¿Se alcanzaría la puntada de quitar la estatua del rey polaco Segismundo II?

Ahora que, si hubiese nacido en Sofía… ¡Mucha chamba con las tumbas de Kazanlak, Alexandrovo, Svestari, Panagyriste!

Eso, si por aquellos rumbos hubiese surgido un partido como Morena.

(Y qué decir de AMLO: De la parte materna, vivir en un pueblito de la costa Cantábrica, con la piel rosada de los “cachopines” (término original de “gachupín”) de Durango, o bien por la paterna, en los alrededores de Centla, donde viviría igual que lo hacían sus antepasados: desnudos, de piel color moreno intenso, en chozas de ramas, sometidos al feroz reinado de Tenochtitlán).

Y todo, por ponerse uno a especular en torno a la mexicana Claudia, que cambió la comida ashkenazi por los tacos, tamales, tlayudas… bueno, eso en tanto le cae por ahí alguna candidatura presidencial, después, quién sabe.

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