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He de suprimir los diálogos entre los cuatro personajes de Las pensiones de Dios, para mayor claridad de mi posición frente a las aristas del asunto pensionario.

Pinche pensión… Si no fuera porque sigo chambeando, me cae que ya me hubiera muerto de hambre.

Los que ofician las misas ni siquiera son pensionados de Dios. Viven de las limosnas porque el alto mando de la religión católica les concede apenas 700 pesos al mes luego de que rebasan los 70 años.

A gritos y vituperios no se va a conseguir que le mejoren la pensión a los trabajadores.

Si antes no te preocupaste por tu pensión y aparte no ahorraste, ¿qué hacer?.

En el segurote no tienen madre. Aparte de la chifladera esa de ir cada seis meses a pasar la famosa lista de supervivencia, ¡bolas!, le salían al trabajador en el banco con que su pensión no había salido y tenía que ir a la Subdelegación cercana a su domicilio.

Y ahí, de güeyes… a formar primero el culebrón, porque ya no era cola.

Finalmente, la apatía de los laborantes es la que los mantiene de hinojos…

Eran fregaderas, antes, que tantos años después le exigieran a los proletarios la audiencia de sobrevivencia y más que retuvieran la miserable pensión por quítame estas pulgas.

A los que dirigían el segurote no se les prendió el foco ni a mentadas de madre para que, en coordinación con el registro civil de todos los estados tuviera la información al instante de los pensionados que se habían pintado de black?

El acta de defunción le llegaría directo por Internet y la misma computadora, en automático borraría de la “fabulosa nómina pensionaria” al trabajador muerto, ¿no?

Al Seguro Social no le convenía; era necesaria la tramitología para justificar la

la crecida nómina de la seguridad social.

Fue una carajada, una marmitoneada. La pensión y ahora las afores de la generación del ahorro individual, son jugar a morir. Son el fuego de la miseria.

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