Hank González, diablo de la corrupción

revista4Q / 03 de 02 2020 / Por Juan Chávez

Si Carlos Hank González hubiera llegado a la era de López Obrador, ya hubiera sido juzgado como el campeón de la corrupción en México.

Me consta, porque él mismo me lo contó, cómo se “gano” 26 millones de pesos en un tijeretazo al erario estatal, por la Casa de Gobierno que él construyó como gobernador electo en 1969.

-¿Qué va hacer el sábado, paisano?, me preguntó en un encuentro fortuito que tuvimos.

-Nada profesor. Estaré de descanso.

-Lo espero a desayunar a las 9 horas en la futura Casa de Gobierno del gobernador del Estado de México.

Luego, me explicó cómo llegar:

-Conoce la glorieta Colón...

-Si, Profesor.

-Ahí se da vuelta a la izquierda y toma por la primera avenida y a media cuadra está la casa.

La casa, era una señora mansión, con alberca que se prolongaba hasta la amplia sala. Tenía salón de juntas, un pequeño auditorio y todas las demás instalaciones de una gran residencia.

Me mostró, paso a paso toda la futura Casa de Gobierno y nos sentamos a degustar el desayuno. Al final, me acompañó a la puerta principal, donde me había recibido, y me comentó:

-¿Sabe cuánto me costó?

-No tengo idea, Profesor. No sé nada de inmuebles.

-14 millones de pesos, me respondió. “Pero luego que tome posesión, le voy a cobrar al gobierno 40 millones de pesos”.

-Machetazo directo a “caballo de espadas”, le dije.

-Sí así lo ve, ¿qué hacer...?

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Ya para entonces era dueño del rancho “Don Catarino” en las tierras del municipio de Santiago Tianguistenco, desde donde asentó su poder y manejó la política del país, con la tremenda influencia que pronto lo convirtió en gurú de la misma al tiempo que también crecía su poder en el campo de las finanzas.

En el ejercicio de su poder regaló la mitad del rancho, con casa igual a la que él ocupaba y que le construyó, a Gabriel Alarcón, poderoso director del Heraldo de México, un periódico que no trascendió mayormente.

“Un político pobre, es un pobre político”, sentenció alguna vez para justificar su tremendo poderío que no ocultaba sino al contrario: era su felicidad ser identificado como el hombre poderoso en los tiempos en que fueron presidentes Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo.

No obstante, su sabiduría política le indicó que con Echeverría y De la Madrid, tendría que replegarse. Y así lo hizo. No influyó con ellos; se mantuvo en el retiro cosa que aprovechó para impulsar su área de negocios que ya sumaban número considerable y en todos obtenía éxitos rotundos.

En 1988 regresó a la política activa como uno de los más cercanos partidarios y colaboradores de Carlos Salinas de Gortari que al iniciar su gobierno le nombró secretario de Turismo y un año y un mes después, en enero de 1990, lo convirtió en secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos, 
puesto desde el cual encabezó el proyecto salinista de reforma al artículo 27 constitucional que significó la desaparición del ejido y su conversión a “maltrecha” pequeña propiedad.

José López Portillo lo nombró jefe del antiguo departamento del Distrito Federal con la tendencia, “porque eran verdaderos amigos”, de acariciar el sueño de Hank: convertirse en presidente de la República mediante la reforma al artículo 82 de la Constitución porque estaba impedido por ser hijo de un alemán que casó con una mexicana.

Con JoLoPo hizo los mejores negocios de su vida. Uno de ellos: desaparecer lo que se conoció como “pulpo camionero”, para sustituirlo con Ruta 100, cuyos transportes fueron de su propiedad, surtidos en su planta automotriz que tenía a la vera de la carretera de Santiago Tianguistenco.

La fortuna que amasaba, crecía y crecía...

Su cercanía con López Portillo fue tal, que éste diría posteriormente que Hank “era uno de sus pocos amigos verdaderos”.

En esos tiempos se le ligó con la corrupción del régimen, particularmente en el caso de Arturo Durazo Moreno, por entonces jefe de la policía del DF y también gran amigo del presidente JLP.

No obstante, y como si tales prácticas corruptas contaran, le obsequió a López Portillo, ya como ex presidente, la residencia conocida como “La Colina del Perro”.

Con Ernesto Zedillo en la Presidencia, rasguñó los cielos de la política grande, aprovechando la debilidad del mandatario en turno. Hank González era el gran “decididor” de la política de fines del siglo XX. Era el “presidente” tras bambalinas...

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Con el auspicio de Isidro Fabela que lo tuvo como su discípulo, igual que lo fuera Adolfo López Mateos que con el impulso del fundador del Grupo Atlacomulco fue elevado hasta la presidencia de la República, Hank hizo carrera política, a la par que se enriquecía impulsando su primer negocio de transporte de combustóleos en el noroeste del país, en sociedad con el gobernador de Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis.

La flotilla de camiones cisterna se incrementó cuando Hank debutó como presidente municipal de Toluca en 1955, luego de ser tesorero del ayuntamiento y antes director de Educación Secundaria en el gobierno de Salvador Sánchez Colín.

Escaló puesto por puesto para olvidarse de aquella triste pobreza en la que transitó recién debutado como profesor normalista y viviendo con su familia en una vieja vecindad de Paseo de la Reforma, donde su compañero de profesión, Salvador Gómez, le auxiliaba con algunos alimentos que no podía adquirir con su exiguo sueldo.

Con el gobernador Gustavo Baz fu director de Gobernación de la entidad mexiquense y luego en 1958 fue electo diputado federal a la XLIV Legislatura.

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Lo empecé a tratar en forma directa cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo ascendió de subgerente de Ventas de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) a titular de la misma en 1964.

Íbamos de compañeros en el asiento delantero izquierdo del camión de segunda clase que había sido montado para la prensa en una gira por el entonces Distrito Federal de GDO, y que Hank abordó inopinadamente en busca del contacto con los medios que le dieron fama como el político más avezado de sus tiempos y le socorrieron en su infatigable acción de convertirse en el político-empresario súper millonario.

Sentados detrás del conductor, de inmediato comenzó nuestro diálogo:

-¿De dónde es usted?

-Del estado de México, le respondí.

-Somos paisanos, me contestó.

Desde entonces me identificó como su coterráneo.

-¿Sabe paisano, cuánto cuesta mantener la paz en el campo mexicano?

-No profesor.

-400 millones de pesos, me informó. Es el importe del pago del precio de garantía a los productores de maíz, frijol, arroz, sorgo y otros granos.

“La comida del pueblo”, subrayó.

-¿Y ahí no hay negocio?, le inquirí.

-Por supuesto que no. Con los pobres no hago dinero, me confesó.