Los ovarios de Eva

revista4Q / 06 de 01 2020 / Por Juan Chávez

La Biblia es una leyenda mítica que se tragó todos los tiempos del tiempo porque más allá de los años tres mil o cuatro mil en que la ciencia revela fue escrita, se ignora el cuándo y la autoría, y por eso la iglesia católica, en los terrenos de la facilidad, le da significado de palabra de Dios.


Pero el considerado libro de libros no es otra cosa que un merismo hacia la adquisición de la sabiduría humana, cosa a la que Jehová se oponía porque quería para la eternidad a Adán y Eva, sin prole alguna.


Es hermosísimo el paraíso del Edén que describe y que es transformado a la expulsión de la pareja con los ángeles de espadas de fuego en sus puertas para impedir la entrada de los dos o de sus descendientes.


Es la representación del mal, contra la sabiduría adquirida por Eva que, con los ovarios bien puestos, se atrevió a comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y el mal.


Algo que es esencial para la humanidad, la cognición, el conocimiento, para tomar decisiones, trascender los instintos, penetrar en los secretos del mundo y tener el poder de imitar las obras de Dios, es decir, la creatividad.


Hay científicos que consideran a la Biblia como un libro de dimensión mítica, desmesurada, antes y después de la historia.


El huerto, más que de una geografía, se trata de una atmósfera, la cual habita en la memoria de los pueblos y también en su anhelo.


No hay un transcurrir telúrico del tiempo. Una escena ocurre tras otra vertiginosamente. Adán y Eva han sido instalados en el jardín, inmediatamente comen, se les abren los ojos, y oyen a Dios paseándose (G, 7-8). Yahvé da pronto su sentencia. No se sabe cuánto pasa entre una cosa y otra.


El tiempo carece de tiempo. Este parece ser el misterio del libro de la religión. Su gran secreto que nada tiene de secreto. El texto y la experiencia humana, pasan de un plumazo divino de lo paradisíaco y bello a la muerte, el exilio, el dolor, la angustia. De la felicidad que se garantizaba eterna, se entra a la realidad: dolor y pesadumbres.


Pero en ese contexto, para los creyentes, hay que subrayar que Eva no fue la santurrona que Yahvé quería para la eternidad.


No obstante de haber cobrado vida de la costilla de Adán, no es la mujer sumisa que la Biblia se obstina en presentar. Ella es ella, con ovarios propios así de grandes. Ella nos entrega la sabiduría para ir, con la ciencia de la mano, por ese dios bíblico.


La Epopeya de Gilgamesh, concebida antes que la Biblia, el héroe, en sus viajes, adquiere una planta a través de la cual recupera el aliento de vida. Una serpiente la roba mientras él se baña. De estos parangones anteriores al texto divino, hay más.