No se sabe la verdad del 68. Se han escrito decenas de libros con versiones que alejan de la verdad

Verdad manipulada

revista4Q / 03 de 10 2019 / Por Juan Chávez

Luis Gutiérrez Oropeza, general jefe del Estado Mayor Presidencial en el sexenio asesino, escribió dos de esos libros, igual que lo hizo, en un solo ejemplar, el general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional, y quien culpa de la matanza a Gutiérrez Oropeza.


Desde los sangrientos acontecimientos, el gobierno de Díaz Ordaz se encargó de hacer correr las versiones que mejor convenían a una imagen presidencial ya hecha pedazos por un pueblo que no perdona tan estéril e irresponsable derramamiento de sangre.


A los periodistas se nos pintó un general García Barragán como ejemplar militar y llegó a contarse que la noche negra de Tlatelolco recibió severos reproches de un Díaz Ordaz encorajinado y colérico hasta las lágrimas, mientras no cesaba de mentarle la madre al militar.


Se contó que el “parte de guerra” solo había servido para que el presidente descargara un rencor acumulado contra García Barragán.


Díaz Ordaz se hallaba ya en Los Pinos, tras un regreso violento de Ajijic, Jalisco, donde, se aseguró, se encontraba pasando un “agradable fin de semana”.


Otros cuentan que se alejó de la ciudad para no vivir de cerca la noche sangrienta de Tlatelolco.


García Barragán estaba lejos de ser el militar leal que se “nos pintaba”. Había, en la década de los 50, pretendido derrocar al presidente Adolfo Ruiz Cortines. Por lo menos, en su historial, se inscribe como una “insurrección” esa insana intención en un militar.


Barragán había apoyado, en contra de ARC, la candidatura a la presidencia del general Miguel Henríquez Guzmán, quien lideraba la Federación de Partidos del Pueblo de México.


El otro caso que se le apunta como pretensión de golpe de Estado se da justamente en el 68, cuando en Washington, nerviosos por el movimiento estudiantil, hicieron contacto con Marcelino García Barragán a través de su embajador Freeman.


“Dé un golpe de Estado y tome la Presidencia para calmar la situación”, le sugirió el diplomático estadounidense.


“Yo no voy a pasar a la historia como traidor a la patria”, respondió Barragán a Freeman, según narra Miguel Nazar Haro, policía de Díaz Ordaz.


Lo cierto es que el entonces secretario de la Defensa Nacional, que había retornado al redil institucional gracias a la interdicción del general Lázaro Cárdenas ante el presidente Adolfo López Mateos, la noche negra de Tlatelolco desplazó a Díaz Ordaz.


“Ahí está la pinche banda presidencial”, cuentan que le dijo a GDO al rendirle parte de los sangrientos acontecimientos contra los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas.


--¡Vuelva a cruzarla en su pecho glorioso!, le puntualizó. Todo está arreglado, le precisó.


La huelga estudiantil mostraba mantas con sus consignas en las marchas:


“NO LUCHAMOS POR LA VICTORIA, LUCHAMOS POR LA RAZÓN”; y 
“ESTOS SON LOS AGITADORES: INJUSTICIA, IGNORANCIA, HAMBRE”.

No había insultos. Querían, exigían diálogo. Pero se les negó y a cambio se les recetó una lluvia de plomo en la Plaza de las Tres Culturas.


La clase estudiantil rememora año con año la matanza de Tlatelolco. Pero desde el primer aniversario, los atizadores oficiales se encargaron de que tal celebración se convirtiese en una manifestación desorganizada y violenta.


Las pintas en las paredes y daños a los comercios de la “ruta estudiantil” despiertan temores en la comunidad que está hastiada de una virulenta celebración.


Aparecen los encapuchados que además de dañar a terceros intentan romper la marcha, agrediendo a los estudiantes.


Son los secuaces de la oficialidad que en los 51 años de la masacre que se cumplen este miércoles 2 de octubre, se empeñan en manchar aquel movimiento estudiantil nacido a mediados de 1968 y demostrar que así como se comportan ahora, en ese año intentaban descomponer la tranquilidad y la paz social.


No resultaría extraño que los encapuchados fueran miembros del Ejército preparados en provocación al estudiantado.


Se culpó, a los integrantes del Consejo Nacional de Huelga, de intentar suspender con su movimiento los Juegos Olímpicos que habrían de ser inaugurados por Díaz Ordaz el sábado 12 de octubre.


La prensa fue manipulada. Yo fui víctima de esa maniobra oficial. Fui de los “acarreados” que la Presidencia llevó al internado del IPN, en Zacatenco, para encontrarse con un Nicandro Mendoza, supuesto líder de los politécnicos en el movimiento, que orgulloso nos mostró el rifle con el que respondería a las agresiones del Ejército y de la policía del general Luis Cueto Ramírez.


Y no hay olvido. “El 68 no se olvida”, suelen arengar los nuevos estudiantes marchistas en la conmemoración de la masacre estudiantil en Tlatelolco.


Y, claro, no se olvida. Pero urge la verdad. No debe manejarse como herramienta política. Hay que llegar a esa verdad y no perdonar. En el número 3 de la serie expondré “mi verdad”. Lo que viví, lo que me consta.