La nueva economía

revista4Q / 26 de 07 2019 / Por Juan Chávez

El mundo globalizado que no le gusta al presidente López Obrador por ser la expresión más gráfica del neoliberalismo, según él, está urgido de una reforma fiscal internacional. Ese es el sentir, por lo menos, de los ministros de finanzas de las economías más grandes del mundo, reunidos recientemente.

Urgen políticas fiscales que hagan frente a la cada vez mayor digitalización de los sistemas bancarios, se argumenta. 
Pero también se pretende que el sistema evolucione, asegurando una mejor distribución de los ingresos fiscales.

La pretensión es que la trasnacionales paguen impuestos en donde se consumen sus productos y servicios. 
El punto central es que la distribución de la riqueza opere; que las ganancias de las empresas no se queden en los países de origen y, más que nada, por la vía fiscal se dé una distribución real.

Los cajeteros automáticos son los pioneros de esos avances tecnológicos que llevan necesariamente a la crueldad de las cifras de mayores desempleos. 
Ahora se trata de eliminar el manejo de efectivo en todos los niveles de la sociedad.

Ya no habrá que traer en el bolsillo o las mujeres en su bolso, ni siquiera un billetito de la más baja denominación. 
Será suficiente el celular para digitalizar los movimientos de dinero que se requiera o sea necesario en el momento de pagar por un producto o un servicio. Y lo mejor, lo óptimo: la firma será el código identificado por las vías digitales.

El robo de la cartera dejará de ser el modus vivendi de muchos de los dedicados a la delincuencia, principalmente al robo con violencia o sin ésta. 
Lo significativo será el pago de los impuestos de las empresas trasnacionales, es decir, el cambio de la tradición económica de más de un siglo que domina las cuentas interbancarias y la oferta y demanda que, con el efectivo en la bolsa, ejercen los particulares.

Las compañías estadounidenses, afirma Google, pagan la mayor parte de sus impuestos corporativos en Estados Unidos, al igual que las empresas alemanas, británicas, francesas y japonesas pagan sus impuestos corporativos en sus países de origen.

Afirma Karan Bhatia, vicepresidente de asuntos gubernamentales y políticas de Google, que “durante más de un siglo, la comunidad internacional ha desarrollado tratados para gravar a las empresas extranjeras de manera coordinada. Este marco siempre ha atribuido más utilidades a los países donde se producen productos y servicios, en lugar donde se consumen. Pero es hora de que el sistema evoluciones asegurando una mejor distribución de los ingresos fiscales”.

Es, sin duda, un nuevo y moderno giro a la distribución de la riqueza, que no hay que emparentar con las ideologías de derecha o de izquierda, del capitalismo o del socialismo-comunismo.

Repartir la riqueza no solo de las ganancias de las plantas industriales y de servicios de los países ricos, sino de tocar lo hasta ahora intocable como forma de convidar al consumidor a adoptar un régimen que le rinda tributos directos: el plano de los impuestos fiscales.

Tocar el origen de lo que engrosa los erarios de los gobiernos, los gravámenes, es una teoría nacida de los secretarios de las finanzas de los países más desarrollados. 
En el fondo, se trata de un moderno y fresco acelerador del punto de partida de toda economía: el consumo.

Algo que sacudirá a la economía tradicional que solo ha servido para enriquecer más a los ricos y empobrecer más a los pobres. 
Aunque no parezca razonable, la vía impositiva como facultad exclusiva de los Estados, es la que tiene que ver, directamente, con la productividad y el nunca respetado y siempre explotador reparto de la riqueza.

La caja pública de los países es la primera en obtener, antes de que aparezcan las utilidades de las empresas, la primera en crecer o achicarse, cuando el Estado lanza sus iniciativas de ley de carácter impositivo.

Los gobiernos calculan que las empresas van a ganar mucho o poco y en tal dirección, les deja caer la guillotina de los impuestos. 
Pero el empresario, además de producir y pagar impuestos por Adela, se ve obligado a la gran tarea que significa distribuir y comercializar.

Ahí, los gobiernos ni meten las manos. Simplemente esperan a que la ley de la oferta y la demanda cumplan sus cometidos para meter la cuchara impositiva de nuevo. Y también lo hace cuando el consumidor final adquiere el producto o servicio ofertado.

Son las reglas de una economía que hay que sacudir, tras más de un siglo de no permitir que el bienestar que da el dinero, llegue a las masas populares. 

Es el grito de la nueva economía.

Un grito que viene arrasador como exigencia de la digitalización de las operaciones mercantiles. 
El grito fuerte y draconiano de la inteligencia artificial. La primera llamada, incuestionable, de la automatización que nació con la primera máquina que el hombre inventó como arranque de la revolución industrial que ahora será sustituida por la revolución digital.

Cosa de los inventos del hombre que no tiene pacto ni con Dios ni con el diablo.

Del hombre pegado a la ciencia y la tecnología para transformar la economía y cambiar al mundo sumergido en el cambio climático que no impedirá el nacimiento de la nueva economía pero que si influirá marcadamente en ella cuando choque con una invención más de la naturaleza.

Trump y López Obrador, divorciados de la globalización y el neoliberalismo no podrán frenar el linaje de la nueva economía. La digitación los aplastará. A uno por seguir pensando en el regreso a su país de los grandes capitales; al otro por no entender que la creación de empleos acabó cuando se abrió en México el primer cajero automático.

Un cajero automático, por cierto, no se equivoca al contar y entregar los billetes requeridos; el cajero humano, detrás del mostrador, cuenta una y hasta tres veces la cantidad a entregar… ¡y a veces falla! Ventajas, al fin, de la economía que la digitalización impulsa.