Yalitza y la venta de niñas

revista4Q / 11 de 03 2019 / Por Juan Chávez

La profesora de preescolar no tiene relación alguna con el título pero la grandeza de su espíritu debe servir de inspiración a las niñas y mujercitas de las etnias de este país que las olvida, y tolera que sean vendidas por sus padres por unos cuantos miles de pesos.

Ella, de origen trique, lleva la sangre de uno de esos impuros tratos que la Constitución mexicana ampara por desgracia y que para el presidente López Obrador constituye, sin duda, un reto al que ni siquiera ha volteado a asomarse.

Para mí, Yalitza, con su extraordinaria actuación en la película "Roma" de Alfonso Cuarón y el reconocimiento a su calidad con los Oscar ganados, aparte de reivindicar a las mujeres trabajadoras del hogar (nanas, sirvientas o en léxico más común gatas), entraña el símbolo de la independencia, de la sublevación de las mujercitas de las etnias mexicanas contra la costumbre de ser "carne en venta" de sus propios padres.

Allá por los 70 del siglo pasado, en gira con el presidente Echeverría, ascendí a una comunidad lacandona de las muchas dispersas en toda la jungla chiapaneca.

Llegamos a pie, caminando entre la espesura de la selva y porque no existía camino. El encuentro con la tribu lacandona fue sorprendente: niños desnutridos, mujeres y hombres del tamaño de los niños e igualmente -casi- muertos de hambre.

Pero el problema principal no era la pobreza extrema en la que vivían todos los días. Finalmente, la selva les proveía de alimentos: frutos y pesca. Y tenían a su alcance las aguas del río Usumacinta. Su rezago tenía origen en el incesto: todos eran reductos de una misma sangre. La práctica normal era la disposición del padre sobre las hijas o de los hermanos sobre las hermanas. Entre los miembros de una familia se procreaba la descendencia.

Al presidente, por supuesto, le molestó el desolador panorama de la comuna trivial y al líder de la comunidad, un hombre de apenas un metro de estatura, de fiera delgadez y una barbilla que denotaba más descuido en el aseo de su persona, le ofreció el oro y el moro: casas, escuela, hospital y pequeños centros de trabajo si aceptaban vivir "allá abajo", les dijo.

El hombrecillo le respondió con un contundente no al mandatario.

Hablaba un español entendible porque después de todo, aislados como viven, tienen tratos, sobre todo comerciales, con el exterior.

"Nosotros tenemos nuestros costumbres y nuestras creencias. Creemos que fuimos creados por el dios Hachakium, que nos dijo que nosotros somos especiales. Pero tenemos más dioses y los lacandones tenemos barba, bigote y el pelo largo porque así nos creó nuestro dios principal".

Luego explicaría que huyeron de los españoles conquistadores "porque no queremos ser sometidos, fieles al ejemplo de nuestros antepasados que se fugaron de ese yugo".

Los lacandones se reproducen en forma desordenada y por eso cada día son menos. Las estadísticas de aquellos días señalaban que ya no llegaban a 1000. Como su dios Hachakium se los dispone, los hombres cohabitan con las hijas e igual hacen los hermanos con las hermanas. No hay siquiera oportunidad de que la reproducción sea con otras familias. Ellos son especiales; es el mandato de su divinidad suprema.

Echeverría, en el regreso, me tomó del brazo y soltó su lamento:

-No se puede, no quieren sumarse a la civilización.

-La civilización para ellos, le contesté, fue la agresión de los conquistadores contra sus bienes y sus mujeres. Contra ese pasado, sufrido por sus ancestros, nada se puede presidente.

Ante ese cuadro real, que me tocó presenciar, admiro a Yalitza Aparicio, la mujer de 25 años de la comunidad triqui de la Heroica Ciudad de Tlaxiaco de la Alta Mixteca de Oaxaca, donde más que incesto se da la criminal venta de niñas que generalmente son arrastradas a la prostitución por el que, en apariencia y como comprador de la criatura, acepta ser su marido.

En el mejor de los casos es comprada para ser convertida y explotada como sirvienta en una casa de una familia de clase media.

Entre los triquis, por hambre o por el alcoholismo, es común que el padre venda a su hija. El hombre casado no desea tener hijo sino hija, para estar siempre en la posibilidad de obtener dinero por su venta.

Para esa ignominiosa venta hay todo un ritual. El padre no puede vender así como así a la niña. Tiene que consultar, con el más viejo de la comunidad tan horripilante tranza comercial que se da sin mayor oposición del sabio viejo de los triquis.

Yalitza es producto de una de esas transacciones, pero tuvo la suerte de que sus padres formaran feliz pareja y procrearan cinco hijos, de los que Yalitza es la segunda, detrás de su hermana Edith, de 27 años.

Pero si allá arriba, en las alturas de la mixteca de Oaxaca todavía se da la venta de niñas, en otros pueblos indígenas de México es peor. En comunidades indígenas del estado de Hidalgo todavía imperan los usos y costumbres que propician que una mujer pueda valer lo mismo que una vaca o 20 litros de licor. En el mejor de los casos, una porción de tierra a cambio de unirse en matrimonio, sea o no su voluntad.

Una niña tepehua-otomí desde los 8 años se convirtió en defensora de sus coterráneas. No obstante, relata cómo constató, hace 25 años, cómo un padre vendió a su hija. Vestida con el atuendo típico del indigenismo en la región otomí-tepehua, un quesquémetl tejido a mano y la falda negra tradicional, María del Carmen Cruz (esa niña de 8 años) señala que es en las comunidades más dispersas, donde se mantienen esas prácticas.

Un padre, relató, cambió a su hija por 20 litros de aguardiente. ?Su papá la llevaba a rastras, como si fuera un animal. Iba a vender a su hija, aunque es muy doloroso decirlo, sólo para mantener su alcoholismo?.

Quizá a Cuarón, el director, productor, guionista y conductor de la fotografía, no le encuadró la ignominiosa práctica que el artículo 2° de la Constitución consagra en sus garantías señalando que los usos y costumbres de los pueblos indígenas "se ejercerán en el marco que asegure la unidad nacional". Y en una fracción dicta: "Además se reconoce y garantiza el derecho de los pueblos y comunidades indígenas a la libre determinación y, en consecuencia, a la autonomía para:

"1. Decidir sus formas internas de convivencia y organización social, económica, política y cultural".

O a la mejor le cayó en la mente que en práctica semejante fue entregada la virgen María por el sumo sacerdote Zacarías, a los 12 años de edad, al vetusto y viudo carpintero José hace 2025 años, dado que Jesús nació seis años a.C., y "porque en el Templo ya no sabía qué hacer con ella".