La plaza Mérida cumple 90 años de existencia.

JUNTOS OTRA VEZ EN UN COSO TAURINO ENTRAÑABLE

revista4Q / 29 de 01 2019 / Por JOSE ANTONIO CEBALLOS RIVAS

Se dice fácil pero no lo es tanto cuando van de por medio los recuerdos, las emociones y los sueños. Las gratitudes que en mi caso, se forjaron desde antes de que yo naciera. Porque cuando don Fernando Palomeque Pérez Hermida en los años veinte del siglo pasado decidió que Mérida necesitaba una plaza de toros y una ganadería brava, si bien lo hizo siguiendo los dictados de su corazón taurino, seguramente jamás se imaginó que aquel sueño suyo que llevó años después a la realidad., habría de tocar tantos otros corazones -entre ellos el mío- y provocar en ellos tantas emociones y tanta admiración.

Gratitud para don Fernando que se trajo los planos de la Plaza de Toros de Granada como una muestra de lo que habría de construir en su terruño, así como un lote de vacas y sementales con sangre de parladé con el que fundó finalmente la ganadería de Palomeque. Gratitud también para sus herederos que mantuvieron y que aún mantienen vigente la visión de su antepasado. 



Y a la par, el regocijo de poder mirar el día de hoy -gracias a Ele Carfelo- una fotografía de don Fernando "toreando de salón con su sombrero y su bastón" en los cimientos de la obra y en lo que más tarde se convertiría en el ruedo de la Plaza Mérida. Regocijarnos con otra foto al observarlo a él dando al aire los premios lances que, sin sospecharlo siquiera, resultaron proféticos de lo que ese ruedo atesoraría con el paso de los años. 

Ahí fue cuando, siendo niño, me encandilaron por vez primera las luces de los alamares. Cuando me impactó la belleza, la bravura y la presencia imponente del toro bravo. Cuando me despertaron la fascinación y el embrujo, esos hombres y mujeres vestidos de seda y oro que voluntaria e inevitablemente arriesgaban su vida con el único fin de dar rienda suelta a la sensibilidad con la que nacieron y al destino imprescindible al que se abrazaron.

Ahí en ese ruedo en el que he sido un testigo feliz de la parte maravillosa que la tauromaquia posee como esencia y que muchos no entienden o no toleran, sin darse cuenta de que su historia es la mejor metáfora de nuestra propia historia y de nuestra propia vida. Sin darse cuenta y sin querer aceptar que la tauromaquia es, realmente, un patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. 



Aquí, en esta plaza, donde he tenido la suerte de poder aportar mi granito de arena siempre como aficionado y algunas veces como integrante de la Comisión Taurina desde 1976, de manera intermitente, hasta el día de hoy. Aquí mismo, en este ruedo donde tuve la fortuna de recibir agradecido, en febrero de hace apenas dos años y en compañía de otro colega, un reconocimiento del ayuntamiento de Mérida y las autoridades taurinas, por mi labor de cronista y defensor de la tauromaquia durante ya más de tres décadas, aquí en este ruedo, en este ruedo que también me recuerda a las tantísimas e inolvidables amistades que se me dieron gracias a la fiesta brava y que puede decirse que simbólicamente confluyen aquí, en nuestra plaza Mérida, que hoy celebra , con un cartelazo -como lo fue el de su inauguración y tantos, tantísimos más-, sus primeros noventa años de existencia. 

Por cierto, en el centro de su ruedo, hace 58 años y a mis 12 años de edad, cuando ya soñaba con ser torero y echaba capa en donde se pudiera, me tomaron mi primera fotografía toreando. El astado fue un cebú que hacía las veces de cabestro en los corrales de la plaza para evitar el pleito entre los toros de lidia. Y aquel día, el complaciente guardaplaza, nos lo echó al ruedo a un grupo de chavos soñadores y ávidos de probarse ante un burel. 

Hoy conservo esa foto, enmarcada, en un querido rincón de mi estudio. Desde ahí me recuerda lo que la Plaza de Toros Mérida, ha sido, es y será siempre para mí: un sitio entrañable. 

Un Lugar muy especial donde el pasado domingo 27 de enero de 2019 volvimos a estar juntos, en unión de otros miles de aficionados para brindar con toros y toreros, como debe ser, y  celebrar y agradecer así, todos juntos por un año más de su vida. Un año más deseándole fervientemente que su colorido, sus cascabeles, su aroma, sus lágrimas y su gloria, su sangre y su arena, en fin... que su fiesta, la Fiesta Brava, no se termine nunca. Mérida, Yucatán, enero 2019.