Peña, se ampara; López ahoga al poder económico; "Aquí mando yo", no los ricos; más que democracia o neoliberalismo, regresamos al nacionalismo

JONRÓN DE AMLO; PONCHE DE EPN

revista4Q / 06 de 11 2018 / Por Juan Chávez

Mientras uno camina con paso firme y acelerado a un gobierno presidencialista en esencia, otro, ya de salida, se protege con un "amparo disfrazado" en la bolsa, para no ser acusado de corrupto.

Aquí mando yo, no los ricos dueños de los poderos grupos del dinero, sentenció Andrés Manuel López Obrador en el endiablado manotazo que dio sobre la mesa al cancelar el NAIM, apuntado a convertirse en la obra cumbre del peñismo.

El choque entre los dos presidentes, uno entrante y el otro saliente, marcó rumbos:

*La ruptura del mandatario electo con los cinco poderosos grupos que, con contratos millonarios, construían la obra monumental del NAIM de Texcoco, y que no duró siquiera tres días, porque ICA y Hermes se pusieron a disposición de quien comenzará a gobernar a México el 1 de diciembre.

*La protección de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para ponerse a salvo de las investigaciones que se siguen contra César Duarte en Chihuahua, por un desvío de 270 millones de pesos para la campaña presidencial de Peña Nieto.

Con ese amparo chueco, el poder supremo de la Corte se asomó en la transición como el único de los poderes que AMLO podría tener en su contra.

Pero la pugna Peña-López no afloró a los medios; se ha quedado, al menos hasta ahora, en el actuar de cada uno, en las funciones y conveniencias, que uno tiene y en las que el otro aún carece de ellas.

La llamada "transición aterciopelada" entonces, ni siquiera fue tocada con una flor de cempasúchil, dado que los dos casos, el del manotazo y el del amparo, se dieron entre los días de muertos.

Pero aun así, está claro un distanciamiento entre los dos como consecuencia del largo periodo de transición
-cinco meses-, que prohíja, en el terreno de los hechos, que haya dos gobiernos, uno que adelanta sus decisiones y el otro, inhabilitado por su próximo final, se transforma en testigo de palo.

Peña dicta que el NAIM proseguirá hasta el último momento de su gobierno -las 12 de la noche de este 30 de noviembre-, y López, sin personalidad jurídica aún, negocia con ICA y Grupo Hermes, dos de las cinco multimillonarias constructoras dueñas de los contratos de construcción del que iba a ser el Nuevo Aeropuerto Internacional de México.

En el juego -¿puede haber dos gobiernos democráticos?- sale de NAIM 30% de los trabajadores y se espera que antes del 1 de diciembre, López "haya convencido" a los otros tres poderosos grupos encabezados por Carlos Slim, Carlos Hank Rhon y Olegario Vázquez Raña.

La obra pues, quedará paralizada por arte y magia política de don Andrés, con todo el rejuego de demandas legales y exigencia de pago de contratos incumplidos, como lastre.

La cancelación, derivada de una consulta legal o ilegal, como se quiera, fue un apunte de lo que López Obrador será a partir de su protesta como presidente de la República.

Surgido del populismo electoral, luego de su tercera postulación como candidato presidencial, Obrador ha demostrado que de sus frustraciones y amarguras aprendió como tocar el pandero. Y tocarlo bien, no en acompañamiento de la gran orquesta gubernamental, sino como dueño del pandero y de la batuta.

Va a mandar él. Eso es incuestionable. Y hay que esperar, así como de un "consultazo" enterró un proyecto que se prestó a felonías financieras en favor de los más ricos de este país nuestro, que lo haga bien.

Ha transitado como político que respira al lado de los hombres y mujeres que también respiran pero que a veces ni para comer tienen.

Es la "gente", como la llama él, "que me hace fuerte".

¿Nueva versión del populismo? ¿Nueva democracia? Ni uno ni otra. López Obrador se auto transfiguró. Cree en la democracia, vive para ella, aunque en una de sus absurdas desesperaciones haya mandado "al diablo a las instituciones".

Él, ahora, va a ser el responsable de la primera gran institución de México: la presidencia de la República.

Definitivamente no se va a mandar al diablo. Tendrá, en cambio, un poder de los tres que conforman la división de poderes -Ejecutivo, Legislativo y Judicial- que recela de él y que lo va a combatir a muerte.

Es el Poder Judicial Federal que integran la Corte, las judicaturas, magistrados y jueces, el que no ha echado la carne al asador por AMLO y que de ninguna manera se la va a cocinar para que la deguste a sus anchas.

La Corte, con el amparo que a promoción del ministro Eduardo Medina Mora -hechura total de Peña Nieto-, le otorgó al presidente que se va, demuestra de qué lado va a estar en el nuevo gobierno que comienza el 1 de diciembre.

Los juzgadores federales -en la Corte un ministro gana medio millón de pesos al mes- no se plegarán al mandato que López ha hecho ley en el sentido de que "nadie debe ganar más que el Presidente". O sea, 108 mil pesos mensuales.

El ministro Medina Mora suspendió indefinidamente cualquier investigación o imputación penal de la Fiscalía de Chihuahua en contra de Peña Nieto y su gabinete, por la presunta desviación de 250 millones de pesos al Partido Revolucionario Institucional (PRI), invertidos, se dice, en su campaña presidencial.

O sea, hay perdón por adelantado a la corrupción del pasado, y la justicia no alcanzará a EPN ni a ningún miembro de su gabinete.

El gobernador de Chihuahua, Javier Corral, había advertido, apenas el 28 de septiembre, que la "acción de la justicia alcanzará al presidente Peña Nieto".

Pero nones. El poder supremo de la Corte ordena cerrar la carpeta de investigación en el caso de ese "desvío" y a lo mejor también cesa la persecución del ex gobernador César Duarte.

No voté por López Obrador ni por ninguno de los otros elegidos del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena, la esperanza de México), pero si estoy convencido de que AMLO, con su fiero populismo primero que se asentó al paso de los años y presentó un reposado y calmado López Obrador en la pasada contienda presidencial, va a transformar a México.

Más bien, ya lo está transformando. Con su carácter de presidente electo comenzó una ardua tarea de un gobierno de hecho, pero que pasa a los días, en que ya investido jefe del Ejecutivo, empezará a ser él "el que manda aquí soy yo".

Algo que como lo estableciera Luis XVI, "el Estado soy yo". Pero que, para mí, se remonta más atrás, mucho antes de que Cristo aterrizara y cambiara al mundo y su calendario.

Miro a López, con su cuarta transformación, cabalgando en la oclocracia que Polibio, hace más de dos mil años, estampó en su clasificación de las formas de gobierno.

Según el historiador griego, son seis: Monarquía, Tiranía, Aristocracia, Oligarquía, Democracia y Oclocracia. Esta se da cuando las decisiones, de acuerdo a Polibio, no las toma el pueblo, sino la muchedumbre o populacho que legitima al gobernante.

En este punto, el ciclo de las seis fases termina y comienza el regreso. ¿Será López oclócrata?

Hay cinco años 10 meses por delante, para comprobarlo.

Sólo agrego, en términos beisboleros que bien maneja el nuevo presidente, que él bateó de jonrón con la cancelación del NAIM y Peña Nieto, con su "amparo disfrazado", se ponchó y se queda en el purgatorio.