50 años del movimiento estudiantil

EN EL 68, MÉXICO LIBRE

revista4Q / 03 de 10 2018 / Por Juan Chávez

La matanza de estudiantes en Tlatelolco rubricó el espíritu de nacionalidad que infortunadamente todavía no se daba entre los mexicanos, no obstante los derramamientos de sangre en la guerra de Independencia, en las conflagraciones intervencionistas de Francia y de Estados Unidos, la guerra de la Reforma y la Revolución misma de 1910.

La historia, la que aprendimos en la escuela, no fue capaz de dar vida a las libertades que en 1968 los estudiantes empujaron con su movimiento que fue reprimido salvajemente por el Ejército en Tlatelolco.

Los hijos y los nietos de aquellos osados estudiantes de hace 50 años, se apuntaron en la marcha que los estudiantes de ahora organizaron para la celebración de ese cincuentenario empañado de sangre juvenil.

Marchamos con los estudiantes "para que el 2 de octubre no se olvide", se inscribió en una de las muchas mantas que testimoniaron su duelo por aquella noche oscura de la masacre estudiantil, y que portaban hijos de los estudiantes de aquel histórico movimiento.

Aún no se revela el número de víctimas que cayeron en el fuego cruzado del Batallón Olimpia y la tropa del Ejército institucional que supuestamente había acudido para proteger a los estudiantes que ya celebraban su mitin de protesta contra el autoritarismo del presidente Díaz Ordaz.

El mandatario se negó irracionalmente a dialogar con el Consejo Nacional de Huelga que exigía también libertad para los presos políticos.

No había libertad de expresión ni derecho a manifestarse. Quien lo intentara era acusado de sedición y llevado, sin acusación ni juicio, a la cárcel.

Ahí, tras las rejas, estaban encerrados Demetrio Vallejo y otros líderes ferrocarrileros y magisteriales que osaron alzar su voz contra las arbitrariedades de GDO.

Cientos de estudiantes, aprehendidos por el Ejército y la policía pararon en esas cárceles, donde permanecieron dos y otros muchos más años.

Era la época de las atrocidades contra un pueblo dócil y dominado por las amenazas de los gobiernos priistas que hasta entonces conducían al país como lo hacían los caudillos de la revolución: a pistolazos y aprehensiones violatorias de todos los derechos.

La marcha conmemorativa del 50 aniversario de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco fue pacífica y ordenada. El mitin, en el Zócalo, clamó, en voz de los oradores, castigo a los autores del genocidio.

No faltaron, sin embargo, los encapuchados que trataron de romper el orden de la manifestación y que destruyeron aparadores y asaltaron una tienda.

Tales encapachuchados deben ser de la parte interesada en que no se conozca toda la verdad del 68, no obstante que ayer uno de los oradores en la concentración de la Plaza de la Constitución, exigió abrir los archivos y solicitar al gobierno de Donald Trump que haga lo mismo con los de la CIA.

A los encapuchados la autoridad los identifica como anarquistas, pero la misma autoridad se debía encargar de aprehenderlos y mostrarlos a la sociedad que tiene que aguantar tales desmanes en una remembranza que, para que de verdad no se olvide, ayer quedó inscrita con letras doradas en el Muro de Honor del salón de sesiones de la Cámara de Diputados.

Es un postrero homenaje en el que, en medio de la solemnidad de la sesión especial de los diputados, se lee:

"Al Movimiento Estudiantil de 1968".



Algo que se ha dado como el testimonio de esa lucha de los estudiantes de hace 50 años, que simplemente exigían democratizar al país.

En 50 años ningún gobierno priista, el de Peña Nieto entre ellos, reconoció el súmmum de aquella lucha estudiantil.

Tuvo que llegar al recinto de San Lázaro la mayoría del partido Morena de López Obrador, para abreviar, en letras doradas, esa democratización exigida hace medio siglo por el Movimiento Estudiantil.

A la par, surgió en el país el sentimiento de borrar el nombre de Gustavo Díaz Ordaz de colonias, calles y obras inauguradas por ese presidente que no supo, como Comandante Supremo, detener a los generales Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa y Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial, en ese instinto por acabar con lluvia de plomo cruzada, la huelga de los estudiantes.

En cinco estaciones del Metro, el cincel y el martillo hicieron lo propio: desmontaron las enormes placas de hierro donde se inscribía el nombre de ese insensato mandatario cuando inauguró, en el mismo 68, la primera línea del sistema de transporte colectivo.

Cincuenta años ya se fueron. Los estudiantes de entonces hicieron su parte en la construcción del México de ahora, con todo y la inseguridad, violencia, corrupción e impunidad que tienen atrancado al país.

Son los males del priismo y panismo que hereda López Obrador, comprometido, en discursos, de sacar al país del inmundo lodazal donde esos partidos lo hundieron.