¿Hubo fraude en 2006 y 2012? ¡Sí!; ¿En 1988? ¡No!

BARTLETT Y EL SÍNDROME DE CARLOS FUENTES

revista4Q / 12 de 09 2018 / Por Gustavo Cortés campa

Era el año de 1985 y en la cúpula del gobierno de Miguel de la Madrid hubo una crisis que no fue registrada, no al menos en todo su alcance, por la prensa y comentaristas, inclusive los más ácidos: José Antonio Zorrilla Pérez, ex director de la Dirección Federal de Seguridad y ya en campaña para diputado federal por el primer distrito de Pachuca ¡Desapareció!

Sin embargo, ni familiares ni colaboradores en su campaña acudieron a la autoridad competente para denunciar su desaparición.

En cambio, el comité nacional del PRI emitió dos comunicados, los dos evidentemente relacionados con esa desaparición, pero sin mencionarla: primero, que había sustitución de candidato en Pachuca, con la nominación de Germán Corona del Rosal en lugar del "desaparecido" Zorrilla. El segundo pretendía ser críptico con alusiones a un nebuloso "compromiso con el combate a la corrupción" y rollos por el estilo, en las filas del entonces todopoderoso tricolor.

Zorrilla no aparecía por ningún lado, pero los rumores y comentarios sobre el incidente inundaban desayunaderos, conversaciones telefónicas (Debidamente monitoreadas por la DFS), tertulias de café y de familia.

Analistas de diversa tendencia coincidieron: La postulación de Zorrilla había sido una pésimamente disimulada cobertura para Zorrilla por su complicidad en el secuestro y asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar y su piloto, Zavala Avelar.

La Casa Blanca manifestó crudamente su indignación y se hizo la "corrección" sobre la marcha: Zorrilla no sería diputado y debía desaparecer del mapa o lo iban a desaparecer del todo.

En eso, hubo un comunicado por radio y televisión leído directamente por el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett. Era una tan absurda como torpísima exculpación de Zorrilla.

Peor aún (hablando en términos oficialistas), porque esa "exculpación" en forma indirecta, pero clara, revelaba crudamente las acciones de la DFS en terrenos del narcotráfico.

Bartlett concluyó su perorata así: "Sólo se le puede acusar (a Zorrilla) de ineficiencia administrativa, porque no controlaba la conducta de sus subordinados".

En su apresuramiento, el secretario de Gobernación no reparó en la enorme estupidez que cometía:

a) Colocaba a quien fue durante cinco años director de la Federal de Seguridad como un absoluto idiota, que en todo ese tiempo nunca pudo enterarse que sus subordinados eran, para todo efecto práctico, socios de los narcotraficantes.

b) El secretario Bartlett, además, se colocaba a sí mismo como un absoluto imbécil, que nunca se dio cuenta que tenía un idiota en la DFS que no sabía que sus agentes eran notorios narcotraficantes y que eso era cosa sabida públicamente.

c) Por añadidura, el presidente Miguel de la Madrid era otro deficiente mental, quien contando con diversas fuentes de información, entre otras, del ejército mexicano, del FBI y la CIA (como también es ampliamente conocido), nunca se dio por enterado que en Gobernación y en la DFS tenía a unos incapaces supinos, que llegaron a afectar peligrosamente sus relaciones con Estados Unidos.

Y DESPUÉS RESULTÓ QUE ZORRILLA SÍ ERA NARCO

Pero Bartlett no fue despedido, lo que uno supondría el destino obligado para cualquier inepto, sino que se mantuvo en Gobernación; en 1988 operó la caída del sistema cuando las urnas de la elección presidencial arrojaban toneladas de votos para Cuauhtémoc Cárdenas; se tardó 15 días en dar las cifras completas de los comicios y Carlos Salinas fue ungido presidente de México.

Pero al anochecer de ese seis de julio de 1988, fuera del Palacio de Cobián, sede de la secretaría de Gobernación, se reunieron tres candidatos ya oficialmente "perdedores": Cuauhtémoc Cárdenas, por una coalición de partidos; Manuel J. Clouthier, por el PAN y Rosario Ibarra de Piedra, por el PRT, quienes al unísono denunciaron "una maquinación para alterar el resultado de la votación a favor del candidato del PRI".

Ya Salinas en Los Pinos, a principios de 1989, el "desaparecido" José Antonio Zorrilla Pérez ¡reapareció!

Sí, pero detrás de un ventanal en su lujosa residencia de la ciudad de México, algo intoxicado por alcohol y cocaína, metralleta en mano con la que amenazaba al Procurador General de Justicia del Distrito Federal, Ignacio Morales Lechuga.

El señor Procurador llegó a la residencia de Zorrilla para intimarlo a darse por preso por el asesinato del entonces famoso columnista Manuel Buendía, en mayo de 1984.

Porque la investigación (que por lo visto tardó cinco largos años) reveló que Zorrilla ordenó el asesinato del periodista y el crimen fue cometido por un grupo de agentes de la DFS. Todos ellos fueron a la cárcel, con Zorrilla a la cabeza. (Las exigencias de Washington fueron satisfechas, al menos en parte)

Y curiosamente, a nadie se le ha ocurrido pedirle una entrevista, o si la ha pedido, las autoridades han negado el acceso al solicitante, o quizá Zorrilla, por razones íntimas, la ha negado.

Y esto último nos remite de nuevo a 1985, al lío del asesinato de Camarena, a las acciones de la DEA en México, a las fricciones de la presidencia de México con la Casa Blanca, al altercado del presidente De la Madrid con el muy prepotente Secretario de Estado George Shultz. (Lo que habría originado un penoso incidente intestinal al bajar por el elevador del Departamento de Estado el mandatario mexicano).

Zorrilla sigue en la cárcel, donde rumia su mala suerte, pero parece que no quiere, no puede o tiene la ilusión de cambiar su valiosísimo silencio por alguna ventaja, que a casi 30 años encerrado no ha podido conseguir.

Si con Fox y Calderón no quiso hablar, difícilmente podría hacerlo -supongo yo- en el inminente sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

Porque, si se diera el caso, del ronco pecho de Zorrilla saldría a la luz todo lo sucedido en torno al asesinato de Manuel Buendía, del asesinato de Camarena y Zavala, de la participación activa de la DFS y sus agentes en el narcotráfico. Eso, por lo menos, sería algo que sacudiría terriblemente al país, a muchos ex colaboradores de Miguel de la Madrid, el mismo Salinas incluido, pero principal y básicamente, a Bartlett.

De poco, en ese remotísimo caso, la gastadísima salida de pie de banco de que "son calumnias de un asesino y narco", podría surtir efecto, salvo en los fans obradoristas.

EL SÍNDROME CARLOS FUENTES

El nombramiento de Manuel Bartlett Díaz como director general de la Comisión Federal de Electricidad para el gobierno de AMLO, desató por anticipado el muy previsible Síndrome Carlos Fuentes entre periodistas, articulistas, académicos, escritores y activistas políticos que en su momento, fueron feroces críticos tanto del PRI como después de los gobiernos panistas de Fox y Calderón. Esos que no estaban dispuestos a reconocer absolutamente ningún logro en esos regímenes, sino que repetían en cada caso, Ad Nauseam: "Este es el peor gobierno y el peor presidente de toda la historia de México". Y claro, eso abarcaba a todo el elenco de colaboradores -altos, medios y bajos- de esos gobiernos.

Carlos Fuentes y el grupo de intelectuales y escritores que le rodeaban, fueron duros críticos del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, y claro, de la horrenda matanza de Tlatelolco, en 1968.

Fuentes, inclusive, llegó al extremo de señalar, en una parte de su libro Tiempo Mexicano, que Díaz Ordaz "jamás tuvo ni siquiera la capacidad de ser presidente municipal de San Andrés Chalchicomula" (pequeño municipio, entonces, del estado de Puebla).

Pero llegó Luis Echeverría -que fue secretario de Gobernación con GDO- a la candidatura presidencial por el PRI, comenzó su campaña con encendida retórica en pro de "la democracia popular" y "la apertura democrática". Le tendió la mano a la izquierda, sacó de la cárcel a los presos "del 68" y así, Fuentes y su grupo se afiliaron al echeverrismo que prometía "una transformación de las estructuras mentales en todo el país" (¿?).

Pero vino el asunto del 10 de junio de 1971: una más o menos extraña manifestación de estudiantes fue cercada por la policía metropolitana en el Casco de Santo Tomás, y ya encerrados los manifestantes, se abrieron brechas para que entraran grupos paramilitares, con varas de kendo que al grito de ¡Halcoooones! arremetieron contra los estudiantes; unos murieron a tiros, otros con el cráneo roto por las varas de esa letal arte marcial.

Por cierto, las demandas de la manifestación eran "contra la guerra de Vietnam" y "por la renuncia del rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León". Ese rector ya había renunciado y lo de Vietnam, pues...

Al día siguiente, se anunció la "caída" del regente del DF, Alfonso Martínez Domínguez, a quien se le cargó la jefatura de "los halcones".

Carlos Fuentes escribió un verboso artículo en la revista Siempre! titulado: "Entre la represión y la democratización, el presidente Echeverría optó por la democratización".

Una muy rara amalgama de conceptos difusos: A la matanza de estudiantes, ostensiblemente para deshacerse a un funcionario con tanta influencia y poder como para hacerlo indeseable, Fuentes veía una "democratización".

El escritor se fue a París con gastos pagados, porque se le nombró embajador en Francia.

En un viaje oficial por Oriente, con numeroso grupo de intelectuales invitados (carpanta turiferaria, señalaron los de izquierda no invitados), un destacado miembro del grupo pro- Echeverría, el escritor Fernando Benitez, en el "tren bala" Tokio-Osaka ganó primeras planas al plantear a los críticos del gobierno: "Echeverría... o el fascismo".

En 1976, un golpe contra la cooperativa Excélsior mandó a la calle a unos 300 socios, entre ellos, el ya legendario director Julio Scherer García. La condena fue mundial: de Nueva York a Buenos Aires; de Londres a Roma, pasando por París y Berlín. La mano del presidente Echeverría fue imposible de ocultar.

Pero Fuentes nunca la vio: escribió un artículo en el diario "El Sol", de la Cadena García Valseca, la que poco tiempo antes había sido objeto de despojo a su dueño el Coronel José García Valseca y puesta en manos de personeros de don Luis.

Y Fuentes simplemente repitió la trillada versión oficial: "Fue una asamblea de cooperativistas impecablemente legal, el gobierno nada tuvo que ver en eso".

En cuanto a los tiempos que vivimos, pues de hecho, el Síndrome Carlos Fuentes ya había aparecido en un personaje muy cercano, íntimo, de AMLO: Don Agustín Ortiz Pinchetti.

Después del famoso abrazo de AMLO y Bartlett y la posterior postulación de éste para senador por el PT, don Agustín escribió en su sección dominical en La Jornada: "me acabo de enterar que en realidad, la participación del licenciado Bartlett en el fraude de 1988 no fue sino una calumnia de Carlos Salinas... el licenciado Bartlett nada tuvo que ver".

Pero hay ya versiones mejoradas: Ante el nombramiento de Bartlett en la CFE, el Síndrome ya hace sentir sus efectos en los Amlovers: ¿Qué creen? En 1988 ¡No hubo fraude!

(Parece que tenemos otra carpanta turiferaria en cierne)